Una obra de Leónidas Gambartes en Canarias.

Me sentí volar sobre el océano en caprichosas nubes que me llevaban lejos, al otro lado, ese al que estuvimos unidos en tiempos primigenios aunque luego las aguas hicieran de puente y, en ocasiones, de frontera debido a la inmensa lejanía y al peligro que suponía el surcarlas.

Existe un lugar, sin tiempo,

al que deseo volver, descalzo,

para sentir de nuevo la arena

en la que dejé las cicatrices

marcadas en llorosas rocas.

Pude leer alguna teoría, para algunos estudiosos descabellada, que nos invita a reflexionar sobre la posibilidad de si desde Canarias, en un pasado remoto, pudieron llegar seres humanos al Nuevo Continente, aunque en realidad de nuevo no tiene nada pues es parte de aquel originario que se denominó Pangea, muchísimo antes de que el ser humano lo poblara y más aún de que los europeos, por primera vez, lo pisaran. No sé si es casual o es algo que tenía que suceder, algo que me estaba esperando, pero lo cierto es que en estos momentos estoy escribiendo sobre Leónidas Gambartes, el pintor de América, y haciéndolo pretendo unir artísticamente Argentina con Canarias y no por capricho, simplemente porque hay un nexo artístico, indiscutible, que se llama movimiento indigenista, además de otros nexos debidos, fundamentalmente, a la emigración y al poder de difusión que el arte tiene en sí mismo. Disfrutando de la obra de Gambartes, la que he visionado, y analizado, para llevar a cabo este trabajo, he podido volver a aquel lugar, sin tiempo, de un poema que escribí hace ya algunos años.

Este trabajo, además, me permite decirles, a aquellos lectores que no las conocen, que las Islas Canarias está situadas a unos 100 kilómetros de Marruecos, en el noroeste de África, cuya característica fundamental es la bonanza de su clima y también me da la posibilidad de ponerme en contacto con otras latitudes y así invitar, al que lo desee, a reflexionar sobre lo que una obra de arte puede suponer para aquel que la disfruta. Me vienen a la mente preguntas tales como: ¿En quién se inspiró Gambartes a la hora de pintarlo? ¿Cómo llegó a manos de su primer poseedor? ¿Quién trajo esa obra a Canarias? ¿Es casual que haya llegado a manos de quien escribe este trabajo? Poseer una obra, en este caso, de un pintor, y no de cualquier pintor sino nada más y nada menos que del que, en muchas ocasiones, ha sido considerado el pintor de América, implica que cada día puedes acercarte a él y entrar en un diálogo con el artista y con la obra, estableciéndose una relación que se podría definir como la que tienes con un amigo al que conoces desde mucho tiempo atrás, más si está situado en un lugar de paso obligado de la casa en la que habitas, dándote la posibilidad de darle los buenos días, cada mañana, antes de irte a trabajar, al pintor de gafas de gruesos cristales. Intentas conocerle, cada jornada que pasa, un poquito más, y vas descubriendo al ser humano al que, en cierto modo, deseas acercarte e indagar en su vida y en su obra, a pesar de que su vida y obra hayan discurrido en un lugar alejado miles de kilómetros del lugar en el que vives. Te preguntas, entre otras muchas cuestiones, quién pudo traer la obra a Canarias y sobre la razón por la que llegó a ti, o por qué Gambartes y no otro. Para esas preguntas no vamos, de momento, a encontrar respuestas pero no por ello vamos a dejar de seguir con el objetivo que me propuse.

Curioseaba, todavía con aspecto de adolescente, por una zona en la que se podían encontrar, en varios anticuarios, obras pictóricas y escultóricas y decidí hacerme, eso fue hace ya muchos años, con una obra que me llamó la atención por el tema que se trataba. ¿Por qué decidí hacerme con dicha obra? Sería una de las preguntas a las que debo responder. En primer lugar yo no conocía, en aquellos alejados años, a Gambartes y creo que la persona que me lo vendió tampoco y me pude hacer con ella a un precio módico, acorde a mis posibilidades. Lo único cierto es que me llamó la atención, me atraía aquella obra, aunque el traje, es decir el marco, estuviera muy estropeado y pudiera afectar a la obra. Decidí fiarme de mi instinto y algo me decía que lo que estaba observando, con detenimiento, tenía magia y decidí comprarla. Pasados los años, aquellos en los que estuve dedicado, de pleno, a los estudios, empecé a investigar quién era el pintor que había pintado aquella obra y gracias a la búsqueda le pude poner nombre: Leónidas. Se completaba aquel otro que traía la obra en el margen inferior derecho, Gambartes.

En una ocasión, Leónidas Gambartes dijo, al ser preguntado, que pintaba porque le gustaba y añadía que con ello no perseguía ningún fin. Pues siguiendo al maestro yo lo compré porque me gustaba, sin ninguna otra pretensión que no fuera añadir una pieza más a mi, por aquellos años, incipiente y modesta colección de arte. Antes de enmarcarla quise pasar mis dedos sobre aquel grueso papel sobre el que se disponía el trabajo acuarelado de Gambartes, pudiendo percibir las texturas, diferentes en unas rayas blancas que podrían ser de óleo. Los colores se disponen sobre una superficie 69 X 44 centímetros y en la que predomina el negro de las manos, cabeza y piernas del cuerpo del personaje representado. También aparecen tonos diferenciados de verde, el gris y el suave celeste. La figura de un ser humano, yo diría que se trata de una indígena, sentado y tocando un instrumento musical de viento, de grandes dimensiones, que se lleva a su boca y que mantiene entre sus piernas. Dicho instrumento musical podría ser un didgeridu o yidaki, originario de Australia, que demuestra, entre otras cuestiones, las posibles relaciones que pudieron darse en el pasado entre aquellos pueblos, tan alejados geográficamente, aunque no necesariamente tuvo que ser así porque sólo se trata de un tubo de madera que se hacía sonar, no exclusivo de ninguna cultura en particular.

Otra de las razones por las que decidí adquirir aquella obra era que en Canarias tenemos la Escuela Luján Pérez, cuna de pintores y escultores, cuyo lema era la libertad creativa del artista. Así surgió, a mediados de los años cincuenta del pasado siglo XX, un grupo de artistas plásticos que por primera vez se planteó la necesidad de reflexionar sobre los signos de la verdadera identidad cultural canaria y como el canario reflejaba la naturaleza y la sociedad de las islas a través del arte. El indigenismo de la Escuela Luján Pérez no perseguía el mensaje revolucionario de los muralista mejicanos pero sí una ideología que pretendía unir el pasado prehispánico de Canarias con la modernidad, sacando a la luz los aspectos más íntimos de Canarias, en general, no tenidos en cuenta hasta aquel entonces. Gambartes, de la misma manera, se interesó, entre otras cuestiones, por todo aquello que estaba desapareciendo, las tradiciones y las maneras de entender la vida, de los hombres y mujeres del mundo rural argentino, por lo que se dio en llamar indigenismo.

El próximo año, en el 2018, cumplirá un siglo de existencia la citada Escuela Luján Pérez y en ella, como hemos visto, hubo un interesantísimo movimiento artístico, el indigenismo canario, que marcó a muchos de los que por allí pasaron y luego llevaron su arte lejos de las islas, algunos asentándose en tierras americanas de manera definitiva como Juan Jaén o temporal como Juan Ismael o Vinicio Marcos, entre otros. Pintores y escultores canarios que debido, fundamentalmente, a la insularidad, sobre todo en aquellos años de mediados del siglo XX, hicieron que no llegaran a ser, en su momento, referentes internacionales de dicho movimiento: Plácido Fleitas, Felo Monzón, Santiago Santana, Juan Jaén, Eduardo Gregorio, Jorge Oramas o Jesús Arencibia, por tan sólo citar a algunos de sus representantes. Me fascinaba aquel movimiento indigenista, y como canario y africano que me siento, pensé que aquella obra, evidentemente relacionada con Hispanoamérica, podría ser una pieza interesante para mi colección, fue por ello que no dudé en adquirirla.

Recientemente, revisando las más de quinientas obras que poseo en mi colección, entré en internet y pude ver que existen serigrafías de la misma obra, igual que de otras del mismo autor y de la misma serie, pero con diferentes colores. Todavía conservo el cristal del marco en el que llegó a casa porque en él quedó impresa también la imagen de la obra como si en el momento de hacerla hubiese sido enmarcada y debido a la frescura nos quedara una especie de negativo, una sombra de recuerdo.

Con este trabajo que acabas de leer, además de conseguir volver a aquel lugar, sin tiempo, a aquella playa de arena en la que sangré, de muy joven, en sus rocas cortantes, cuando la transitaba descalzo y miraba, curioso, aquellos fondos marinos, tan llenos de colorido, pretendo que los lectores se interesen en la obra de Leónidas Gambartes y amplíen los conocimientos que se puedan tener de él, además de disfrutar de la calidez de sus creaciones plásticas, por lo que se podría decir que es un homenaje al gran maestro argentino, nacido en Rosario en 1909, pero también se pretende homenajear al movimiento indigenista, tanto americano como canario, y por ende a la ya mítica Escuela Luján Pérez y a todas y todos los artistas plásticos que han pasado por ella.

 

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